Intentaron construir un puente sobre un abismo, usando materiales que ya estaban rotos.
Había una vez dos artesanos que compartían la tarea de cuidar un jardín sagrado donde crecía una única y frágil flor llamada Luz. Vivían en orillas opuestas de un río turbulento, y cada palabra que se lanzaban a través del agua llegaba deformada por el eco y el viento. Julián creía que el orden y las herramientas precisas salvarían la flor, mientras que Elena sentía que cada gesto de él era una trampa para controlar el aire que ella respiraba.
Para que la flor creciera, debían intercambiar semillas y abono, pero cada transacción se convertía en una batalla de sombras. Si él entregaba agua, ella sospechaba que estaba envenenada; si ella pedía herramientas, él cuestionaba por qué las anteriores se habían desgastado tan rápido. En lugar de mirar la raíz de la planta, ambos se miraban con una desconfianza antigua, midiendo quién sacrificaba más y quién intentaba imponer su propia ley sobre el jardín, olvidando que la flor solo necesitaba calma para abrir sus pétalos.
De pronto, el cielo se oscurecía con tormentas de palabras. Eran gritos cargados de rencores guardados en cofres viejos que estallaban por cosas sencillas, como el color de un pétalo o la hora del riego. Ella borraba sus mensajes en la arena para no dejar rastro de su rabia, pero el aire quedaba impregnado de un dolor que ya no era por la flor, sino por las heridas que se habían causado en el pasado. Él, desde su orilla, se protegía con una armadura de lógica que a ella le parecía una fría prisión de orgullo.
La mayor disputa no era sobre el presente, sino sobre qué horizonte debía mirar la flor para aprender a crecer. Uno estaba convencido de que el sol del norte era el único camino, mientras la otra temía que ese sol quemara la esencia de la planta y prefería las sombras del sur. En esa lucha de verdades absolutas, empezaron a llamarse "maldición" y "veneno", proyectando sus propios miedos en el pequeño tallo, sin darse cuenta de que el odio entre los jardineros pesa mucho más que cualquier plaga externa.
Al final del día, cuando el silencio regresaba, la flor seguía allí, sobreviviendo entre dos fuegos.
Esta historia nos enseña que cuando dos personas usan a un ser inocente como campo de batalla, nadie conquista el territorio, solo se marchita el paisaje. La verdadera sabiduría no consiste en demostrar quién es más sabio o quién ha sufrido más, sino en entender que mientras las raíces estén rodeadas de guerra, la flor crecerá con miedo, y ninguna victoria personal vale el sacrificio de su paz.
a. Moisés Hurtado Carrasco




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