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Las Dos Comadres y El Mantenido

El Autoengaño como Coraza

La vida a menudo se viste de una máscara cruel, y en el pequeño mundo de la oficina o el barrio, Josefa era el ejemplo viviente de un autoengaño defensivo. Desprovista de las gracias físicas convencionales , gorda, tuerta, desdentada, chismosa y ordinaria, encontró en los gestos simples de Alexander, el muchacho nuevo y encantador, la chispa necesaria para encender su fantasía. 

Unos inocentes pancitos de coco, una naiboa compartida, actos de cortesía mundana fueron magnificados en su mente hasta convertirse en la prueba irrefutable de un romance secreto y apasionado. 

Esta distorsión no era solo ingenuidad, era la necesidad desesperada de construir una realidad donde ella era deseada, una mentira dulce para protegerse del doloroso reflejo de su existencia real. 

Así, Josefa comenzó a pregonar un amor que solo existía en el eco de sus deseos no cumplidos.

La Falsa Posesión y el Vacío Matrimonial

En el mismo escenario de ficciones personales se movía Jesusa, una mujer de cuarenta años cuya infelicidad matrimonial la había arrojado a la convicción de ser un objeto de constante deseo. 

Ella se pavoneaba con la arrogancia de quien se siente la última camionetica del terminal de Nuevo Circo un viernes a las nueve de la noche, desolado. No por belleza, sino por una sexualidad transaccional y pública. 

Su juego consistía en sacarle fiesta a los hombres, alardear de que los usaba, sin percibir que la mercancía de intercambio era ella misma. 

Utilizada y sustituible, se movía como los trenes del Metro de Caracas, donde se sube el que paga y por necesidad. 

Su coqueteo con Alexander era puramente utilitario, un cálculo frío para invertir el dinero de sus "favores" y comprar la confianza de otro hombre que, en su lógica retorcida, tarde o temprano le rendiría algún provecho.

La Convergencia de las Ilusiones Inventadas

Alexander, consciente de su atractivo, observaba este teatro de atenciones con pragmatismo. 

No era pendejo, disfrutaba ser el centro de una órbita de adulación, aunque su verdadero interés residía en La Pecosa, con quien compartía una conexión genuina y discreta. 

Mientras tanto, las dos mujeres, Josefa y Jesusa, encontraron un punto común en la invención. 

Sin conocerse profundamente, su nexo se forjó en la ficción. Ambas comenzaron a tejer historias paralelas de una relación inexistente con el mismo hombre. Que si le cocinaban, que si hacían mercado juntos, detalles domésticos que otorgaban peso y veracidad a sus mentiras. 

Esta alianza de la fantasía era una manera de legitimarse la una a la otra en un mundo de carencias afectivas.

La Distancia y el Choque con la Realidad

El problema de vivir en una casa de naipes es que la verdad siempre trae consigo el viento para derribarla. La pecosa, cercana y silenciosa, conocía la realidad, ella era la pareja real, la que compartía la intimidad y se sabía la verdad de los hechos.

Ella observaba desde la cercanía cómo las nuevas comadres, se autoalimentaban de mentiras. 

Cuando Alexander finalmente se percató del alcance de estas invenciones, el daño a su reputación o el simple hastío del drama, su respuesta fue el alejamiento.

Esta retirada, en lugar de provocar la reflexión, detonó una explosión de orgullo herido. Las dos mujeres, fracasadas en su intento de poseer la fantasía, hicieron causa común, una alianza defensiva.


El Consumo de la Ficción Frente a la Realidad Irrefutable.

Convertidas en "comadres", Josefa y Jesusa encontraron un nuevo y oscuro propósito. Canalizar su frustración en el despellejamiento del amante imaginario. 

Se juntaron para un ritual patético, una contando sus miserias existenciales, la otra sus transacciones sexuales, ambas para engrandecerse en el relato de un hombre que ahora era un mantenido y malagradecido en su narrativa vengativa.

Este acto de despotricar se convirtió en su nueva forma de intimidad, una vida compartida basada en la mentira. 

Mientras ellas consumían la ficción y se regodeaban en su amargura, La Pecosa y Alexander vivían la realidad tangible y silenciosa. 

Ella no solo conocía sus virtudes, sino hasta el sabor de su semen, la metáfora definitiva de una conexión física y emocional que se consumaba en verdad, un mundo de sabor y tacto, ajeno a las palabras huecas de las mujeres que, encerradas en su drama, habían elegido una vida perpetua de fantasía y resentimiento.

a. MHC

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