Hay quienes dedicamos la vida a levantar muros piedra sobre piedra, cuidando que el techo no gotee y que el fuego de la familia nunca se apague.
Ser un maestro de obra es un oficio silencioso, requiere más sudor que palabras y más sacrificios de los que el ojo ajeno alcanza a ver. Uno aprende que lo valioso no es lo que se grita en la calle, sino lo que se sostiene con el hombro en la intimidad de la responsabilidad.
Sin embargo, a veces aparecen narradores de tormentas. Personas que, al no poder con el peso de su propia realidad, inventan incendios en las casas ajenas. Usan retazos de verdad para coser sábanas de mentiras, intentando convencer al mundo de que otro es el villano. Es triste ver cómo alguien prefiere quemar los puentes que un día cruzó, solo para llamar la atención con el humo de la traición.
Lo que estos narradores olvidan es que la verdad no necesita megáfono. Una media verdad es como un dibujo bajo la lluvia, tarde o temprano los colores se corren y queda el papel mojado, revelando el vacío de quien intenta brillar apagando la luz de otro. El verdadero cariño protege y construye; no expone ni busca destruir lo que no pudo poseer.
Ante el ruido de los cuentos fabricados, mi mejor refugio es la coherencia. No hace falta salir a desmentir cada sombra que muere sola en el silencio de la mentira. Al final del día, lo que importa no es lo que un blog o un rumor digan de mí, sino la mirada de quienes dependen de mi fuerza y la paz de saber que mis actos hablan más fuerte que cualquier rencor escrito.




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