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El Día del Destornillador - La Tregua Imaginaria.

¡Sal de Aquí! Lee la Última Hoja del Diario y vuelve. Así lo enteras todo.


Este relato narra en detalle el episodio referido en el diario de Ezra como ''el ataque del destornillador'', el punto de inflexión donde la relación cruzó la línea hacia una agresión potencialmente mortal. 

Ese día había sido largo y pesado. 

Después de otra pelea donde ella lo corrió de la casa, una vez más, Ezra pasó la tarde tratando de cerrar un negocio para conseguir algo de dinero y ordenar sus asuntos. Sabía que se le había hecho tarde para ir a pasear al perro que rescataron juntos, y conocía el precio de esa demora; aun así, antes de llegar, se detuvo a comprarle un arrocito chino, un gesto humilde pero cargado de todo el amor y el cariño que todavía sentía por ella, esperando que la comida calmara la marea.

Al llegar, la furia de Mireya era ciega y sorda. Mientras Ezra sacaba al perro a la calle, ella aprovechó su ausencia para espicharle los cauchos con saña. No conforme con eso, se puso a revisar las bolsas de él y encontró un interior sucio que, por simple descuido de hombre, Ezra no había sacado; junto a la ropa, halló un destornillador entre sus herramientas. En silencio, ella guardó todo dentro de la casa, armándose para lo que venía.

Cuando él regresó de la caminata, el ataque fue inmediato. Ella se le fue encima con una ira incontenible, clavándole las uñas con la intención de romperle la piel mientras él, desesperado, solo pedía calma. Ezra logró subirse al vehículo y arrancar para huir, pero ella se colgó del vehículo en movimiento y, justo antes de soltarse, lanzó tres puñaladas brutales con el destornillador que él mismo había traído. Los golpes, secos y violentos, terminaron enterrados en el asiento, a centímetros de su cuerpo.



Por esa vez, Ezra había logrado escapar con vida. Con el pulso temblando, decidió mantener un perfil bajo, quedarse tranquilo y no hacer ruido, aferrándose a la ingenua esperanza de que todo hubiera sido un terrible malentendido producto de los celos. No tenía idea de que aquel  silencio suyo era exactamente lo que ella necesitaba, y que el ataque fallido no era el final, sino apenas el inicio de un plan mucho más oscuro que ya estaba en marcha.


a. MHC



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